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Madre Alfonz María           ON-LINE

Este día conmemorativo es para nosotras, Hermanas procedentes de la fundación de la Venerable Madre Alfons María, en primer lugar un acontecimiento espiritual, porque se trata de una obra del Espíritu Santo que sin cesar está actuando en nosotras.

 

Desde que el 9 septiembre de 1814, en un valle de los Vosgos, Elizabeth Eppinger ve la luz del día han pasado 200 años.

Este aniversario es una oportunidad para reavivar la reflexión en cuanto a nuestro origen y destacar el perfil de una mujer llena de coraje y plena de iniciativas, una mujer para que la acción siempre precedía la acción, para que el compromiso de servir al prójimo de manera desinteresada conduce a la relación con Dios, hasta que este servicio culmina en la unión con Él.

Con un corazón lleno de asombro somos invitadas para ahondarnos en los 53 años de su vida. Esto despertará nuevamente en nosotras la admiración por Dios quien obra milagros, porque su Gracia encontró un eco favorable en el corazón de Elizabeth, en un corazón dispuesto a acoger esta Gracia.

Si hoy recordamos la vida, la santidad y la historia de la Venerable Sierva de Dios, es por eso porque el coraje y la audacia de su respuesta cotidiana al Evangelio

 

“Anda y haz tú lo mismo” (Luc 10, 37)

sigue siendo un proyecto de vida que tiene validez también para los cristianos del siglo XXI y del tercero milenio. Madre Alfons María creía que siempre es posible despertar la vida de Fe allí dónde esa es muy débil y reavivarla allí dónde ya se ha atrofiado.

Su espíritu y su Carisma están viviendo entre nosotras, y así está presente realmente entre nosotras. ¿Qué es lo que ella nos diría hoy si le planteáramos algunas preguntas? Bueno, escuchamos…

 

 

Madre Alfons María, Ud. procede de una familia cristiana y vivía en una época cuando se no aprecia particularmente la Fe cristiana. ¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

Soy de Niederbronn, un pequeño balneario donde siempre había una vida animada. Mis padres eran gente sencillas, trabajadores. Nos enseñaban poner en práctica el amor a Dios y al prójimo. Mis padres tenían la costumbre loable de rezar todas las noches el Rosario y la letanía de Nuestra Señora. Los días muy cargados de trabajo rezábamos la letanía, cinco “Padre nuestro” y cinco “Ave María”. A menudo, contaban a nosotros sus niños del gran Amor de nuestro Redentor.

     

    ¿El ejemplo de sus padres tenía una gran influencia sobre Ud.?

Por supuesto. Mis padres eran para mí los primeros mensajeros de la Fe. Especialmente, me recuerdo un acontecimiento que en mi infancia conmovió profundamente mi alma y me acompañaba durante toda mi vida. Muchas veces reflexionaba acerca de cómo Jesús sufrió por nosotros. Una vez, la pregunta surgió en mí: ¿Por qué este sufrimiento? En este día, mi madre me llevó al campo. En el camino pasamos por una Cruz; yo la contemplé y pregunté a mi madre: “¿Por qué crucificaron pues a nuestro Salvador?” Mi madre me respondió: “Mi nena, esto hicieron nuestros pecados.” Entonces le pregunté: "¿Qué es, en realidad, un pecado?” Su sencilla respuesta me llevó a la promesa: “Si esto es un pecado, ya no quiero hacerlo. “

 

¿Qué se acuerda Ud. recordándose sus años escolares?

Tuve mucha ilusión de asistir la escuela porque esperaba que allá escuchara mucho acerca de Dios y llegara a conocerle mejor. Sin embargo, mi primera asistencia a la escuela era una desilusión gigantesca para mí. El profesor me sentó al lado de alumnos que se permitían todas clases de palabras descaradas. Tenía que escucharlas; a veces no podía dormir cuando pensé en la escuela. Por suerte, después de medio año esta situación cambió. El profesor me sentó en un banco cerca de su escritorio. Ya no tenía que escuchar palabras irrespetuosas, y al mismo tiempo podía seguir mejor las clases del maestro. Luego, de nuevo volví también a ir a la escuela con gusto.

 

¿Cuáles eran sus clases favoritas?

Por supuesto clase de religión. Cuando el Padre vino a la escuela y entró en el aula, le miraba con referencia. Sin embargo, todavía no tuve permiso de quedarme en su clase; sólo a partir de la edad de diez años se me permitió asistir a esto. Me acuerdo como nosotros los más pequeños estaban sentados delante del profesor. Era maravilloso. Cada vez cuando había regresado a casa después de una clase de religión dado por el Padre párroco, reflexionaba seriamente sobre lo dicho.

 

De sus palabras percibo que Ud. transmitía el gran aprecio frente a sus padres también al profesor y al Padre quienes le enseñaban. ¿Ud. les recuerda con cariño?

Si, no sólo frente al Padre el cura tenía gran estima, sino también frente al profesor. Cunado tenía que oír que se ha dicho algo contra el uno o el otro, lloraba y pedía a Dios que cambie los corazones de los que se habían permitido palabras tan malas. Y cuando veía que mis compañeros de clase habían ofendido al profesor, pedía a Dios con lágrimas, que ya no permitiría tal ofensa. Cuando se insultaba al Padre cura, estaba más afectada.

 

Después de su infancia que era llena de amor a Dios y al prójimo, los años de su juventud tenían gran influencia en su relación con Dios – como es para todos los adolescentes. ¿Qué eran estos momentos?

Retrospectivamente considero esto tiempo como muy beneficioso, pero en esta época fue muy duro para mí. En el periodo de mi adolescencia, mi vida era acompañada por grandes pruebas interiores. No tenía deseos de rezar, sentía sólo repugnancia y aversión. A veces, me aburría tanto durante la oración que me dio asco. Sabía que no podía seguir así. Decidí confiar mis dificultades a mi confesor y cumplir su consejo. Pero no era tan fácil. Mis sufrimientos interiores duraban más o menos un año. Eran tan intensos que en consecuencia mi cuerpo se debilitó y mi salud se deterioró. La única cosa que me ayudaba durante este tiempo, fue la obediencia frente a mi confesor.

 

¿Salud debilitado?

Cuando tenía 17 años, se agregaron a mis luchas interiores perturbaciones corporales. Mi enfermedad inicialmente fue muy dolorosa, pero mis sufrimientos interiores eran aún más intensos. Tenía una muerte próxima delante de mis ojos. Los dolores eran tan fuertes que no podía hablar, sino sólo hacer señas. Mi estado psíquico era extremamente tirante, y casi durante tres años, me resentía de una tuberculosis.

 

¿Ud. no hizo reproches a Dios por haber permitido esto?

No, todo lo contrario. Mi único consuelo en mis sufrimientos era la Cruz. Durante las muchas horas en la cama, me tenía permanentemente ocupado un ruego que había repetido desde niño: que conservaría mi corazón puro, que llegaría a ser una santa y que siempre cumpliría la voluntad de Dios. En esta época también pensé en consagrar toda mi vida a Dios. La enfermad se convirtió en una “escuela de la vida”. Aprendí a sentir empatía con el sufrimiento de otras personas.

 

El hombre de hoy tiene problemas grandes para aceptar la realidad del sufrimiento.¿Qué Ud. le aconsejaría?

Sé que los sufrimientos son dolorosos, pero son preciosos para nosotros. Nos desatan de nosotros mismos, matan nuestro orgullo, nos hacen dispuestos a entregarnos totalmente a Dios. ¡Que el pensar en el reino de los cielos de fuerza a todos los que sufren!

 

La cuestión de la Pasión de Jesucristo y del sufrimiento humano era importante en su vida. En respuesta a esta Pasión Ud. era dispuesta para cooperar con el Redentor y encontró el coraje para fundar una Congregación religiosa.¿Podría Ud., por favor, describir simplemente el propósito de esta comunidad?

El espíritu de las hijas del Divino Redentor debe ser el Espíritu de Jesucristo. Toda su vida debe orientarse según este modelo divino. Su Espíritu debe vivificarles totalmente y compenetrarles completamente, de tal manera que se manifieste en todas sus palabras y acciones. ¡La misión de nuestra comunidad es: estar presente en todas partes donde sufren nuestros prójimos!

 

¿Por qué Ud. decidió servir como Hermanas del Divino Redentor sobre todo a los pobres y a los enfermos?

Esto era mi firme voluntad, mi proyecto: servir de día y de noche a los pobres y los enfermos, y ayudarles. Confiaba en ello en la ayuda de Dios, en su misericordia y en la protección de los santos. Siempre creía firmemente que Dios siempre me apoyará y escuchará mis ruegos.

 

El Amor de Jesús a Dios Padre y al prójimo se manifestó sobre todo en la oración y en el servicio. Supongo que Ud. esto recomendó particularmente a los que le siguen a Ud. en su camino. ¿Cómo debemos rezar de manera adecuada?

La verdadera oración viene del corazón. No pienso que nos está prohibido entretenernos con Dios de este modo como nos sentimos en nuestro corazón. Al contrario: expliquemos a Dios con sencillez nuestros sentimientos y deseos. Cuando rezamos, Jesús está con nosotras. No podemos discernir la voluntad de Dios si no encontramos una relación profunda con Dios a través de la oración.

 

¿Y cuando Dios no escucha mi súplica?

Es imposible que no seamos escuchadas si ponemos toda nuestra confianza en Dios y le rogamos con insistencia. Confiemos en Dios, esperemos todo de Él. Si Él nos deja esperar, esto es para nuestro bien.

 

¿La oración es pues tan importante?

Un alma no necesita hacer más para condenarse que descuidar la oración. Así como el cuerpo no puede vivir sin alimento, tampoco el alma puede vivir sin oración.

 

El amor al prójimo forma también parte del mandamiento del amor.¿De qué manera Ud. comprende esto?

Ningún trabajo, ningún esfuerzo y ningún sacrificio os parezcan demasiado grandes si lo exige el amor al prójimo. Que triste es que ver, como almas que a menudo se acercan a la mesa del Señor, alimentan en su corazón repugnancia, aversión y cierto odio contra su prójimo. Aprendemos a soportarnos mutuamente, aprendemos particularmente a perdonar y a olvidar.

 

Madre Alfons María, en la Eucaristía Ud. descubre el verdadero centro de su vida, de su servicio así como la fuerza espiritual para desempeñar las misiones apostólicas. ¿Qué significa esto para la comunidad religiosa que Ud. fundó? 

Vivir con la mirada dirigida en la Cruz y sacar la fuerza espiritual del poner presente eucarístico del sacrificio en la Cruz. Con la mirada dirigida en la Eucaristía construir la comunidad de Hermanas y consolidar su unidad.

 

Su lema de vida es: «Todo para Dios y la Salvación de las almas.» ¿Por qué?

Dios es mi todo. ¿Y la Salvación de las almas? Amo a los pecadores, veo en ellos creaturas de Dios, personas amadas por Él. Ofrezco mi sangre y mi vida para salvarles. Dios ha creado al hombre para ser feliz, quiero ayudarle a encontrar su felicidad.

 

Vivimos en una época “sobre-tecnológica”, accidentes y desastres están al orden de día.¿Qué aconsejaría Ud. a personas que se comprometen “sin limites” a salvar, a servir y aliviar necesidades de toda clase?

Que no busquen en tales pruebas que son una cuestión de vida o muerte, los honores a la estima de los hombres. Que más bien se esfuercen sólo agradar a Dios. Que luchen valientemente como soldados de Jesucristo. Que no cedan a sus debilidades y resistan con vigor al desaliento. Que sigan humildemente a Cristo en su amor y su bondad, en sus sufrimientos. Para mis Hermanas, temo la gloria del mundo como el fuego. Siempre les indico que deben pensar más en Dios y en el prójimo que en ellas mismas. No puedo permitir que mis Hermanas sean glorificadas por el mundo. Es sólo Dios nuestra recompensa y nuestra gloria.

 

Madre Alfons María, gracias por esta entrevista. ¿Y qué le gustaría añadir para concluir?

Evidentemente: ¡Ánimo! ¡Dios está con Uds. cuando Uds. cumplen su voluntad!

 

 

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